JEREZ EN PILOTO AUTOMÁTICO
por RICARDO CORTEZ
A pesar de los problemas que vive el gobierno que encabeza Rodrigo Ureño, pareciera que al final todo termina en la misma frase que se ha vuelto lema no oficial del ayuntamiento: “no pasa nada”. Y es que, aunque los problemas se acumulen, el silencio institucional se ha convertido en el método preferido para administrar las crisis.
Nepotismo, áreas improvisando, funcionarios que no dan el ancho, acusaciones de acoso, informes llenos de dudas, influyentismo y resultados mediocres son parte del inventario cotidiano de la actual administración.
Todo esto mientras los discursos oficiales hablan de “avances” y “orden”. Dos palabras que, en la práctica, suenan más a consuelo que a realidad.
El problema no es solo que existan fallas, sino la actitud con que se enfrentan. Cada vez que surge una crítica, una observación o un señalamiento fundamentado, la respuesta inmediata es culpar a factores externos. Todo se resume en un argumento tan simple como conveniente.
Ese recurso, tan usado y desgastado, solo evidencia la falta de autocrítica. Mientras se insiste en negar lo evidente, el desgaste crece. Los problemas se acumulan y los ciudadanos comienzan a notar que el “no pasa nada” es, en realidad, una forma de justificar la inacción y la incapacidad.
Es cierto que las intenciones del alcalde parecen ser buenas. Nadie duda de su disposición al trabajo ni de su cercanía con la gente. Sin embargo, las intenciones no bastan. Gobernar requiere carácter, estrategia y resultados. Y eso, lamentablemente, sigue sin verse reflejado.
El ayuntamiento necesita liderazgo, no solo buena voluntad. La administración pública no se sostiene con impulsos, sino con planeación, oficio y compromiso. El municipio no puede seguir siendo un experimento político ni un laboratorio de improvisaciones.
Mientras tanto, los regidores y funcionarios guardan un silencio cómodo, como si su papel fuera únicamente levantar la mano o posar para la foto. Hacen como si nada ocurriera, pero la realidad los alcanza. Porque el descontento ciudadano ya no se puede ocultar.
Los jerezanos ha comenzado a expresar su frustración. Y no es para menos: las promesas de cambio se convirtieron en decepción, y el supuesto “a trabajar Jerez” parece más un déjà vu del gobierno en turno. La transparencia brilla por su ausencia y la rendición de cuentas se ha vuelto un mito urbano.
La cara de un gobierno es la de quienes lo conforman. Cuando las áreas fallan, los escándalos surgen y los resultados no llegan, es imposible fingir normalidad. Aunque intenten aparentar estabilidad, las grietas son visibles. Y tarde o temprano, lo que hoy se minimiza, termina por estallar.
En Jerez, el “no pasa nada” ya pasó de ser una frase a una advertencia. Porque cuando un gobierno deja de escuchar, de corregir y de asumir sus errores, lo que sigue no es calma… es colapso. Y ese colapso, si no se corrige a tiempo, no perdonará ni intenciones ni discursos.¿Usted qué opina?
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