UREÑO BAJO LA LUPA
por RICARDO CORTEZ
Es probable que Rodrigo Ureño, por más que deseaba acceder al poder, no tenía idea de lo que enfrentaría. La política local se muestra implacable con quienes llegan sin un plan sólido, y los imprevistos aparecen más rápido de lo que cualquier campaña anticipada. La experiencia demuestra que la intención no sustituye la preparación.
Estar en el poder confronta a cualquier administración con situaciones que no se pueden prever. En el caso de Ureño, su gobierno ha atravesado pasajes complicados e inesperados que, en muchos casos, no ha sabido cómo gestionar. La improvisación se convierte así en una constante que erosiona la confianza ciudadana.
La narrativa oficial ha sido, hasta ahora, el recurso predilecto para suavizar críticas. Sin embargo, repetir discursos no equivale a demostrar cambios reales. Las contradicciones del gobierno se hacen visibles cuando las acciones cotidianas no reflejan los ideales que se pregonan.
En varios momentos, el equipo de Ureño no ha diferido de administraciones anteriores. Aun cuando ciertos proyectos intentan marcar distancia con el pasado, emergen actitudes de soberbia, ambición desmedida e imposición que recuerdan viejas prácticas. El diálogo y la cercanía ciudadana se han vuelto escasos.
Muchos indicadores muestran que ciertos problemas permanecen intactos. La promesa de acabar con las prácticas caducas de gobiernos previos se diluye frente a decisiones que replican esos mismos patrones. La esperanza de cambio se enfrenta, así, a la dura realidad de la continuidad.
Ejemplos recientes han generado escándalos significativos: el informe cuestionable de la Feria de Primavera Jerez 2025, la supuesta adquisición de la camioneta para uso exclusivo del alcalde y supuestos casos de nepotismo. Estos episodios, aislados o acumulativos, han erosionado la percepción de transparencia.
La narrativa oficial, en reiteradas ocasiones, choca con la experiencia cotidiana de los jerezanos. Gobernar no consiste únicamente en buenas intenciones; requiere acciones concretas y responsables. La distancia entre lo prometido y lo ejecutado se hace insostenible.
Hoy queda claro que Rodrigo Ureño enfrenta la realidad de problemas arraigados en la sociedad. Culpar al pasado deja de tener efecto cuando su propia administración empieza a ser corresponsable de los mismos males que criticó. La responsabilidad ahora recae directamente sobre su gobierno.
Paso a paso, el gobierno de Rodrigo Ureño avanza, pero también empieza a pagar el precio de sus contradicciones. Los errores y las decisiones cuestionables dejan una estela que dificulta proyectar autoridad y confianza ante la ciudadanía. La exigencia de resultados ya es palpable.
Inicia su segundo año de gestión, un período decisivo. Las decisiones que tome ahora definirán si su gobierno logra consolidarse como un cambio real o se convierte en un ejemplo más de promesas incumplidas. La historia local observa y la sociedad exige coherencia. ¿Usted qué opina?
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