MUCHAS DUDAS
por RICARDO CORTEZ
El reciente nombramiento de Alan López Dávila como encargado del Comité Organizador de la Feria de Primavera no es un hecho menor. No se trata solo de una designación administrativa, sino de una decisión cargada de simbolismo político que revela las verdaderas prioridades del gobierno municipal.
La apuesta del alcalde parece clara: usar la feria como un instrumento de reivindicación de su administración y, de paso, como una plataforma para recomponer su imagen rumbo a las elecciones de 2027. El problema es que la feria no es un laboratorio político; es una exigencia ciudadana.
La designación, avalada apenas con ocho votos en el cabildo, deja ver un consenso frágil y una decisión tomada más por necesidad que por convicción. Cuando los respaldos son tan justos, la legitimidad se vuelve vulnerable desde el primer día.
Alan López Dávila llega con una encomienda monumental. No solo debe organizar la máxima fiesta de los jerezanos, sino cargar sobre sus hombros la responsabilidad de demostrar que este gobierno puede hacer las cosas bien, después de errores que aún pesan en la memoria colectiva.
La Feria de Primavera es el evento más importante de Jerez. No admite improvisaciones ni aprendizajes sobre la marcha. Es identidad, tradición y proyección turística; manejarla con ligereza es traicionar su esencia.
Los antecedentes no juegan a favor. La edición pasada dejó una estela de críticas: desorden, opacidad, mala planeación y una profunda decepción entre asistentes y comerciantes. Esa herida sigue abierta y no se cierra con discursos optimistas.
Esta experiencia dejó una lección contundente: la feria no puede tratarse como un trámite administrativo. Requiere liderazgo, visión estratégica y un compromiso real con la transparencia y la calidad, valores ausentes en el pasado reciente.
El alcalde Rodrigo Ureño está jugando una carta clave para su presente y su futuro político. Apostar por este comité puede interpretarse como audacia, pero también como un riesgo que, de fallar, tendrá costos difíciles de ocultar.
La presión no recae solo en el comité organizador. También pesa sobre el alcalde y los regidores que levantaron la mano. Si el proyecto fracasa, no bastará el silencio institucional que hasta ahora ha sido la constante.
Hoy la pregunta sigue en el aire: ¿Será esta la edición que rompa con la maldición de la feria o confirmará las carencias de la administración ureñista? La respuesta no tardará, y sus efectos llegarán mucho más allá del calendario festivo. ¿Usted qué opina?
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