CRÓNICA DE UN DESGASTE ANUNCIADO
por RICARDO CORTEZ
La narrativa oficial insiste en pintar de éxito lo que, a ojos de muchos ciudadanos, dista de serlo. El alcalde Rodrigo Ureño asegura, desde la comodidad de su columna en un diario digital, que la feria fue un logro rotundo, bien organizada y motivo de orgullo nacional.
Sin embargo, la realidad —esa que no se puede editar ni maquillar— circula libremente en redes sociales, donde los videos muestran desorden, excesos y una logística que deja más dudas que certezas.
Resulta preocupante que el discurso institucional se construya sobre afirmaciones anticipadas, sin datos duros ni evaluaciones concluyentes. A tan solo una semana de haber terminado la máxima fiesta de los jerezanos, ¿De verdad existen elementos suficientes para declararla un éxito? ¿Dónde están los números, los balances financieros, los reportes de seguridad y el impacto económico real?
El problema no es únicamente la discrepancia entre lo que se dice y lo que se ve; es la insistencia en sostener una versión que subestima la percepción ciudadana. Hoy, cualquier asistente a la feria puede documentar su experiencia, y cuando esas experiencias coinciden en señalar fallas, el discurso oficial pierde credibilidad.
Hablar de “orgullo de México” en este contexto parece, por lo menos, una afirmación desafortunada. ¿Orgullo en qué sentido? ¿En la promoción cultural, en la organización impecable, en una porgramacion que supero cualquier espectativa? Porque si el referente es la borrachera, el descontrol o el deterioro, entonces la pregunta no solo es válida, sino necesaria.
Hoy nuestras autoridades deben saber que el ciudadano ya no compra narrativas vacías. La gente observa, compara y concluye. Y cuando se le intenta convencer de una realidad que no coincide con lo vivido, la respuesta suele ser el escepticismo. Ese mismo escepticismo que crece cada vez que un funcionario insiste en negar lo evidente.
Más allá de la feria, lo que está en juego es la credibilidad política. Un gobierno que no reconoce errores difícilmente puede corregirlos. Y uno que se apresura a celebrar sin evaluar, corre el riesgo de convertir la autocomplacencia en su principal debilidad.
Las redes sociales han cambiado las reglas del juego. Ya no basta con declarar éxito desde una tribuna o una columna; ahora se requiere sustento, evidencia y, sobre todo, congruencia. Porque mientras el alcalde escribe sobre orden y orgullo, los ciudadanos comparten imágenes que narran otra historia.
La pregunta de fondo es si esta postura responde a una convicción genuina o a una estrategia política. No es menor el contexto: el 2027 comienza a asomarse en el horizonte, y cada acción, cada declaración, cada evento público suma o resta en la construcción de una aspiración.
Si la feria es vista como una plataforma de posicionamiento, el resultado podría ser el contrario. Cuando la percepción negativa se instala, revertirla implica más que discursos optimistas; exige autocrítica, transparencia y resultados tangibles.
Hoy, todo apunta a que esta edición de la feria no será recordada como el éxito que se proclama, sino como un punto de quiebre. Una especie de lápida política que podría pesar más de lo que el propio alcalde está dispuesto a reconocer.
Porque en política, como en la vida pública, no basta con decir que algo fue exitoso. Hay que demostrarlo. Y cuando la realidad contradice el discurso, el juicio final no lo dicta el funcionario, sino la ciudadanía. ¿Usted que opina?
Si la feria es vista como una plataforma de posicionamiento, el resultado podría ser el contrario. Cuando la percepción negativa se instala, revertirla implica más que discursos optimistas; exige autocrítica, transparencia y resultados tangibles.
Hoy, todo apunta a que esta edición de la feria no será recordada como el éxito que se proclama, sino como un punto de quiebre. Una especie de lápida política que podría pesar más de lo que el propio alcalde está dispuesto a reconocer.
Porque en política, como en la vida pública, no basta con decir que algo fue exitoso. Hay que demostrarlo. Y cuando la realidad contradice el discurso, el juicio final no lo dicta el funcionario, sino la ciudadanía. ¿Usted que opina?
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